27 jul. 2010

Ralph Waldo Emerson

Extracto del ensayo: Confianza en uno mismo

Refrenad la falsa hospitalidad o los falsos afectos. No viváis para estar a la altura de esas personas engañadas y engañosas con las que entablamos relaciones. Decidles: ay; padre; ay, madre; ay, mujer, hermano, amigo, hasta el día de hoy he vivido con vosotros con arreglo a falsas apariencias, pero de ahora en adelante pertenezco a la verdad. Sabed que a partir de este momento no obedeceré ninguna otra ley que no sea eterna. No tendré alianzas sino vecindades. Me esforzaré por alimentar a mis padres, sostener a mi familia, ser el fiel marido de una sola mujer, pero cumpliré estas obligaciones de un modo nuevo y sin precedentes. Recuso vuestras costumbres. Debo ser yo mismo. No puedo quebrantarme más por mí, o por ti. Si podéis amarme por lo que soy, seremos más felices. Si no podéis, trataré incluso de merecerme vuestro amor. No ocultaré mis gustos ni mis aversiones. Creo hasta tal punto en que lo profundo es sagrado, que ejecutaré sin vacilar lo que me regocija íntimamente y lo que el corazón me dicta. Si sois nobles, os amaré; si no lo sois, no os deshonraré ni me deshonraré a mí mismo al dedicaros una atención hipócrita. Si sois sinceros, pero no interpretáis la verdad del mismo modo que yo, confiaros a vuestros compañeros que yo buscaré los míos. No obro de este modo por egoísmo, sino por humilde y sinceramente. Aunque hayamos sido rehenes de la mentira durante mucho tiempo, en mi interés tanto como el tuyo y el de todos los hombres quiero vivir ahora en la verdad. ¿Os suenan duras estas palabras? Pronto amaréis lo que prescribe vuestra naturaleza, lo mismo que la mía, y, si nos ceñimos a la verdad, ella nos llegará a buen puerto. Pero de ese modo podéis causar dolor a vuestros amigos. Es cierto, pero no puedo permitirme vender mi libertad ni mi poder para salvar su sensibilidad. Además, ¿quién se asoma a la región de la verdad absolutamente? Entonces, me darán la razón, y me imitarán.


El vulgo piensa que tu rechazo de los criterios al uso significa el abandono de cualquier norma y la impugnación de cualquier ley moral; y el sensual impúdico apelará a la filosofía para enmascarar sus desmanes. Pero la ley de la conciencia es perseverante. Hay dos confesionarios ante los que nos queda más remedio que acudir a descargar nuestras conciencias. Puedo dar cuenta de tus obligaciones de un modo directo y reflejo. Considera si has cumplido con tus relaciones, ya sean madre, padre, primo, vecino, conciudadanos, gato o perro; piensa si alguno de ellos te puede reprochar algo. Mas puedo incluso eximirme de ese criterio reflejo y hacerme concesiones. No así ante el círculo perfecto de exigencias de las que yo mismo me rodeo. En dicho círculo se niega el título de obligaciones a muchas que pasan por tales, pero si puedo salir airoso de ese tribunal, estoy autorizado a no atenerme al código popular vigente. Si alguien imagina que esta ley es laxa, que obedezca su mandato un día. Por que verdaderamente éste exige algo de divinidad en el hombre que ha deshecho de las justificaciones habituales y se ha aventurado a confiar en sí mismo como maestro. ¡Elevado ha de ser su corazón, fiel su voluntad, clara su mirada, para que pueda empeñarse de veras en ser él mismo su propia doctrina, sociedad y ley de modo que un simple propósito sea para él tan inquebrantable como férrea es la necesidad para los demás!

Cualquiera observador que analice las características de lo que suele denominarse sociedad actualmente, convendrá en la necesidad de una ética como ésta. No parece sino que se ha extraído el nervio y la entraña del hombre y que nos hemos convertido en un montón de abatidos y timoratos llorones. Nos atemoriza la verdad, la fortuna, la muerte, y nos tenemos miedo unos a otros. De nuestra época no surgen individuos excelentes y completos. Necesitamos hombres y mujeres que renueven la vida y nuestra condición social, pero lo que encontramos son, en su mayor parte, temperamentos insolventes, incapaces de satisfacer sus propios deseos, con ambiciones desproporcionadas a sus fuerzas, y que se rebajan a mendigar noche y día, insistentemente. Nuestra administración de la casa es menesterosa, así como nuestras artes, ocupaciones, matrimonios; la religión no la hemos elegido nosotros sino la sociedad. Somos soldados de salón. Rehuimos la abrupta batalla del destino, donde brotan las fuerzas.

2 jul. 2010

Nueve segundos y siete milésimas


Ese corazón cuyos latidos se aceleran, y de los miedos que acometen al saltador momentos antes de saltar. La duda no entra dentro de la rutina del saltador, se suele decir.
Esto se asemeja a un león melenudo que no cree posible que le arrebaten su preciado trono. Trono, que él arrebatase matando al gran león Kimbayé.

Oppenheimer observa atento sentado en la grada la terrible firmeza de la saltadora que se enfrenta al vacío con gran vulgaridad.  Son los muchos saltos que ha realizado y la capacidad humana de convertir todo en un proceso sistematizado, frío y carente de frescura, lo que permite acometer saltos difíciles.
El gran éxtasis de la saltadora y una tibieza propia de los primeros saltos le hacen entrar en el agua broncamente. En las gradas la muchedumbre murmura y diserta. Se giran y se acercan unos a otros con rostros sorprendidos para comentar lo mal que lo ha hecho y el porqué de tal desconcentración en medio de un importante campeonato. Es muy probable que ya no pueda optar a clasificarse para los campeonatos nacionales.−Retrocedamos unos segundos; marcha atrás dada para comprender el origen− Gozamos de un plano lateral a larga distancia viendo un conjunto amplio de cosas, macro, la cuidad cubriendo el fondo, la plataforma de salto como epicentro, erguiéndose cerca del cielo o eso nos parece. Cambiamos de plano situando la cámara a los pies de la plataforma, mirando hacia arriba desde donde esta se nos muestra aun más descomunal. El cielo esta límpido a excepción de una nube que pasa justo por encima del trampolín. Ella es yo pero con tetas. La tenemos muy cerca ahora, cabe la posibilidad de detener el tiempo. El don del instante.  De ver como el viento levanta un flequillo y lo posa tiernamente en la frente. Ella levanta la mirada y a sus ojos llega una visión a media conciencia de la estampa de las gradas repletas. Algo la distrae. Es una cabeza calva que brilla con la reflexión de los rayos del sol ¡es un cráneo exquisito! Da unos pasos hacia adelante para situarse en el trampolín, teniendo en su mente la imagen de un cubo en cuyo interior se encuentra el rostro del hombre. De los vértices del cubo emergen proyectadas hacia el infinito unas líneas; puntos de fuga que se acercan al centro de la visión, alejando el cubo y el rostro, haciendo que se vuelvan más y más pequeños. Ejerce una fuerza hacia abajo sobre la tabla blanca cimbreante que le proporcionará impulso al salto. Uno, dos y tres, despega del trampolín. El contraste de temperatura entre el agua y el exterior borra la imagen parcialmente de su cabeza. −Podemos calificar de sonido clarividente aquel que produce nuestra cabeza al golpearse contra el agua y el correspondiente vacío que le precede − Ha sido un salto pésimo y lo sabe, pero por su cabeza solo le pasa la idea de buscar a ese hombre. Lo busca en vano entre el público.  Oppenheimer echa un vistazo a la hora en su reloj de muñeca. − Sin arena de ampolleta − Los segundos, los minutos, las horas, se encuentran parados haciéndonos volver a la justa apreciación de la Duración.   Entroncadas vidas en inadecuados instantes.
John Table