El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery
Muchas palabras me siguen fascinando. Algunas de ellas fueron como cuadernos
mágicos: la letra no existía, pero, mediante aquella cosa, mediante aquella
palabra, parecía emerger un fluido abecedario, la arquitectura del relato a
través de una palabra, o cosas por el estilo: tropo, legajo y, menos,
carpetovetónico.
Luego te vas haciendo con frases de la calle o te esfuerzas en la
transpiración de las imágenes, como si se tratara de hacer café. Calentarlas.
Que vengan de donde tienen que venir.
Un señor extraño —bueno, un extraño observador observa al extraño señor—
refiere el uso del lenguaje griego con su muy querido perro. Le habla en griego
antiguo. Suponemos que es un profesor jubilado de filología clásica:
diccionarios de griego, letras raras, muchas horas estudiando, no sé, hasta
llegar a dominarlo. Y el perro, como gran interlocutor, obviamente, por lo de
“la secta del perro”, o por creer que la idea del señor que habla a su perro en
griego es suficiente para desdibujar el resto: su casa, su tipo de vida, el
tipo de matrimonio, el predominio de los muebles en tonos madera clara, el tipo
de perro y si va delante mirando a veces al dueño, pensando en cosas leales, la
lealtad del profesor, el miedo a primera hora y, sobre todo, a última, no sé,
algo de mapas de geografía, el mapa, palabras en griego a su querido perro, es
jodidamente fácil saber el resto. Veo las babuchas con claridad, veo los
contornos de las sombras, en el espejo, sin sonreír, dos hijos y todo ese
rollo, hablarle al perro en griego, comentarlo con amigos, etcétera, o más raro
aún, no comentarlo, hacerlo en casa como si fuera la señal inequívoca de su
soledad, el señor ese raro, simpático y buen académico que compra buenos
embutidos hablándole al perro en puto griego antiguo, él muerto de risa, el
perro no tanto. Embutidos: un pequeño homenaje, un gran personaje.
No llegué a soñarlo, pero suelo decir que lo soñé. No sé, la idea de que el
flujo del río-imagen, y que nunca leería a Gianni Rodari por lo que supone de
asexual en cuanto a la oralidad y la teoría del personaje, del encuentro y todo
eso. Vino por una mariposa que me encontré muerta y, como siempre ando pensando
en búnkeres versus cabañas, de alguna forma apareció bajo la tutela del
apocalipsis como texto utópico.
No sé, la mariposa, o, mejor dicho, millones de mariposas monarca: con ellas
estuve estrechamente relacionado de pequeño. Las adoraba, las muy queridas.
“Aprende a cogerlas sin hacerles daño”, dijo el amo. No sé, tenía siete años.
La virtud de aquel torrente de estelas visuales me llevó a juntar búnkeres,
mariposas monarca y el apocalipsis.
La idea-droga era la siguiente; la llamé “Atajo a
Montgomery”. Subido —o dentro— de la parte, o sobre el orbe de un acantilado,
aparece el saliente de un búnker que parece veteado de oro sobre la extensión
rocosa. Llevo años pensando cosas similares, el fugaz momento donde el hormigón
es una prueba más de la creencia en la vida después de la muerte, una chapucera
idea, pensar en la idea de lo eterno en la roca y producir formas bajo el mismo
estilo, la guerra es la excusa, pero son los mismos patrones de las pirámides y
sus paridas. Vemos el búnker sobre aquella dorsal oceánica. Vemos un paisanaje.
Entonces empiezan a caer monarcas al suelo. El suelo queda repleto de monarcas.
La fina niebla las rodea. Te agachas para ver qué es lo que pisas: la hojarasca de las alas. Y decimos que es como bailar tecno en Atenas, sus códigos. No
hablo inglés, pero, lo dicho, las mariposas no son el final.El acantilado está en desuso. La gente vive bien bajo cielos rosas. La noche
es anaranjada. Caen todas ellas. El ciclo comienza. El búnker es una veta de
otro material, sólido. La noche en Atenas. Creo que la idea de un búnker que
nunca fue usado, la idea de un misil bíblico, no sé, en los albores de la
tempestad, justo antes de la guerra del champiñón, ver caer miles de monarcas,
como hacen los turistas que viajan a México, verlas fornicar y morir, cubrir el
suelo del bosque, atestado el follaje, no sé si realmente pueden. El tipo va y
le huele el culo a su perro, no es que se deje humillar, no sabe responder a la
idea de un ágrafo feliz con seda en el sobaco.
No sé si es buena idea que el personaje
sea eso: palabras o imágenes. Dicho de otra forma, un ágrafo feliz.