24 jun 2026

Un día al volver (o ‘AOUUU’)

 


Un día al volver (o ‘AOUUU’)

Un día al volver, puede que los objetos...

Solía comenzar trazando una línea en la mitad del folio: una forma arcaica de cielo y tierra. Todo reside en la idea, Katiusha: encender un fuego, notar cómo la cabaña se calienta. Katiusha, un morador único habita en esta; la intensidad del personaje debe ser blanda, no conclusiva. Para cuando tengamos claras las cosas del eremita-protagonista, la cabaña se va convirtiendo, remodelando —el humo, la neblina-humo, la inhalación y el fuego de la pipa, ascuas narrativas, el humo nuevamente; dejar que el humo sugiera la siguiente continuidad— en una taberna sencilla y pulida de comidas calientes. Es un intento humilde de evitar la cristalización narrativa: continuar hablando al calor del fuego, embriagarse por una historia que pronto, al igual que en el río, flota como una densa neblina. Desde la cocina de la taberna emana una bruma de humo de fogón y magia artúrica.

Irán apareciendo los personajes cual telón, siempre precedidos por un primer plano de un fuego fatuo: el tabaco ardiendo en la colosal pipa que es el mundo, las pausadas respiraciones que encienden las ascuas que alumbran el rostro del anciano. Comensales en una taberna. Normalmente la taberna se muestra jovial y ruin: sonrisas de borrachos apacibles con pocos dientes, de ropas como harapos. Algo de ruido, algo de camaradería. No creo que ni tan siquiera exista el mundo fuera. La taberna es todo. Acá nadie muere, nadie nace. Humo que crea gente, neblina que presenta a los personajes, pipa con tabaco que ilumina un cuarto, una chimenea como una inmensa pipa donde la madera arde con un hermoso tono rojizo.

El humo transporta a un joven músico. Tocará melódicas y tristes canciones; su voz hará a todo el mundo flotar con los más bellos recuerdos. Truco aquel, el de las raíces que penetran la dura tierra y escapan, queriendo escapar del vernáculo fuego del que ustedes, lectores, aún no saben. En una mesa, un hombre agarra con fuerza la madera mientras escucha la música que le evoca el recuerdo de aquel caballo que crió. Él en el centro y el potro dando vueltas, haciendo círculos, habidos los dos en el verano. Al final, él acerca su cuerpo abrazándose al caballo blanco, sintiendo su fuerza; un halo potente de vida une a ambos, el fuego quema la correa.

Puede que la taberna sea un bosque de abedules en un gélido invierno. Digo "puede", pero lo es. Un rayo cae sobre un viejo tronco; este arde poco a poco hasta que el fuego se va extendiendo hacia las raíces. Arde lenta pero irremediablemente. Todo sucede por debajo de la tierra, de raíz en raíz. No se puede apreciar la ardiente ascua; arriba, en la superficie, el blanco invierno gesta hielo. Al rato, todos entonan una conocida melodía y se apodera del espacio una gran camaradería. El marido de la posadera emerge como de la nada y, cual gallo, su pecho se llena de aire y expulsa un chorro vibrante de voz; canta y canta con gran fuerza. Por un momento parece que las paredes ceden, caen como folios y toda la taberna se transforma en una especie de ópera. Un joven rapsoda con un acordeón tocará como si fuera un ángel; un rostro misterioso que hará que aquella noche todos canten sus alegrías y recuerdos. La melancólica noche de los abedules se llama. Toca evocar.

Al borde del contenedor está tirado, sin más. Nadie diría que ese menudo cuadro alberga vida narrativa; la carcoma del marco hizo que lo abandonaran. Un cuadro que representa un bosque de abedules en la dureza del invierno: congelación total. El cuadro no dice nada del fuego producido por el rayo, pero somos capaces de verlo, de enfocarlo, de sentirlo.

El cepillo de carpintero se desliza suavemente en el taller del luthier. Un ratón se lleva las virutas para hacer un cálido nido. El carpintero descubre el nido y ve dos figuras rosas y ciegas que se mueven; oye un ruido detrás de sí y ve, por debajo de la mesa, cómo un ratón pequeño salta y se mueve rápido, nervioso. La madre no volvió debido al miedo. Consigue que uno de los ratones sobreviva gracias a la leche de su perra... y yo sin poder contar la historia de la perra (quiero decir que ya la sabéis).

Quizás sea uno de los mejores momentos. Los violines a medio hacer, nuevas formas de existencia, la madera en el suelo y la mano gigante criando al ratoncito. Todos en la taberna cantan bellas estampas. Lazarus, el joven místico ermitaño, o la aburrida sensación de que toda cabaña es un búnker.

15 may 2026

El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery

 El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery

Muchas palabras me siguen fascinando. Algunas de ellas fueron como cuadernos mágicos: la letra no existía, pero, mediante aquella cosa, mediante aquella palabra, parecía emerger un fluido abecedario, la arquitectura del relato a través de una palabra, o cosas por el estilo: tropo, legajo y, menos, carpetovetónico.

Luego te vas haciendo con frases de la calle o te esfuerzas en la transpiración de las imágenes, como si se tratara de hacer café. Calentarlas. Que vengan de donde tienen que venir.

Un señor extraño —bueno, un extraño observador observa al extraño señor— refiere el uso del lenguaje griego con su muy querido perro. Le habla en griego antiguo. Suponemos que es un profesor jubilado de filología clásica: diccionarios de griego, letras raras, muchas horas estudiando, no sé, hasta llegar a dominarlo. Y el perro, como gran interlocutor, obviamente, por lo de “la secta del perro”, o por creer que la idea del señor que habla a su perro en griego es suficiente para desdibujar el resto: su casa, su tipo de vida, el tipo de matrimonio, el predominio de los muebles en tonos madera clara, el tipo de perro y si va delante mirando a veces al dueño, pensando en cosas leales, la lealtad del profesor, el miedo a primera hora y, sobre todo, a última, no sé, algo de mapas de geografía, el mapa, palabras en griego a su querido perro, es jodidamente fácil saber el resto. Veo las babuchas con claridad, veo los contornos de las sombras, en el espejo, sin sonreír, dos hijos y todo ese rollo, hablarle al perro en griego, comentarlo con amigos, etcétera, o más raro aún, no comentarlo, hacerlo en casa como si fuera la señal inequívoca de su soledad, el señor ese raro, simpático y buen académico que compra buenos embutidos hablándole al perro en puto griego antiguo, él muerto de risa, el perro no tanto. Embutidos: un pequeño homenaje, un gran personaje.

No llegué a soñarlo, pero suelo decir que lo soñé. No sé, la idea de que el flujo del río-imagen, y que nunca leería a Gianni Rodari por lo que supone de asexual en cuanto a la oralidad y la teoría del personaje, del encuentro y todo eso. Vino por una mariposa que me encontré muerta y, como siempre ando pensando en búnkeres versus cabañas, de alguna forma apareció bajo la tutela del apocalipsis como texto utópico.

No sé, la mariposa, o, mejor dicho, millones de mariposas monarca: con ellas estuve estrechamente relacionado de pequeño. Las adoraba, las muy queridas. “Aprende a cogerlas sin hacerles daño”, dijo el amo. No sé, tenía siete años. La virtud de aquel torrente de estelas visuales me llevó a juntar búnkeres, mariposas monarca y el apocalipsis.

La idea-droga era la siguiente; la llamé “Atajo a Montgomery”. Subido —o dentro— de la parte, o sobre el orbe de un acantilado, aparece el saliente de un búnker que parece veteado de oro sobre la extensión rocosa. Llevo años pensando cosas similares, el fugaz momento donde el hormigón es una prueba más de la creencia en la vida después de la muerte, una chapucera idea, pensar en la idea de lo eterno en la roca y producir formas bajo el mismo estilo, la guerra es la excusa, pero son los mismos patrones de las pirámides y sus paridas. Vemos el búnker sobre aquella dorsal oceánica. Vemos un paisanaje. Entonces empiezan a caer monarcas al suelo. El suelo queda repleto de monarcas. La fina niebla las rodea. Te agachas para ver qué es lo que pisas: la hojarasca de las alas. Y decimos que es como bailar tecno en Atenas, sus códigos. No hablo inglés, pero, lo dicho, las mariposas no son el final.

El acantilado está en desuso. La gente vive bien bajo cielos rosas. La noche es anaranjada. Caen todas ellas. El ciclo comienza. El búnker es una veta de otro material, sólido. La noche en Atenas. Creo que la idea de un búnker que nunca fue usado, la idea de un misil bíblico, no sé, en los albores de la tempestad, justo antes de la guerra del champiñón, ver caer miles de monarcas, como hacen los turistas que viajan a México, verlas fornicar y morir, cubrir el suelo del bosque, atestado el follaje, no sé si realmente pueden. El tipo va y le huele el culo a su perro, no es que se deje humillar, no sabe responder a la idea de un ágrafo feliz con seda en el sobaco.

No sé si es buena idea que el personaje sea eso: palabras o imágenes. Dicho de otra forma, un ágrafo feliz.

8 dic 2025

MANIFIESTO DEL HORMIGÓN–RELIGIÓN

 

                                                metaliteratura del desvío

Hablo constantemente de estructuras y esqueletos, de ballenas varadas cuya carne se pudre entre mis manos, y a través de esa imagen intento rozar la idea de la metaliteratura. Pienso en una oralidad que nace en las orillas, pero no de playas de arena, sino de playas hechas de virutas metálicas. Allí imagino un nuevo hormigón, casi una nueva religión.

Quiero señalar lo crucial que es cambiar palabras. Llevo años diciendo hormigón en lugar de religión, como si ese simple reemplazo pudiera operar una conversión material en mi pensamiento. Todavía no consigo desprenderme de esa idea: digo hormigón y, claro, tiendo a pensar en arquitecturas, en estructuras, en la lógica del espacio; pero también emerge el rastro de lo que fue sustituido. En mi mente se fusionan templos y altos hornos, culto y construcción. Cada vez que veo la mezcla caer desde la hormigonera para levantar un edificio, algo de esa materia líquida se derrama sobre mis viejas imágenes de lo divino- Sacrosanto . Mamá muerta y los niños hablando del paleolítico como si mi madre fuera solo huesos. 

 . Es como si asistiera al momento en que aquello de obrar a Dios se endurece, se fragua, se vuelve sólido.

MANIFIESTO DEL HORMIGÓN–RELIGIÓN

(Ontología para una fe que fragua)

I. Declaración de origen

  1. La hormigón–religión nace del acto simple y radical de cambiar una palabra por otra.
  2. No procede de credos antiguos ni de arquitecturas sagradas: surge del desplazamiento léxico y del temblor que provoca.
  3. Allí donde antes se decía religión, ahora se dice hormigón. Y el mundo, obediente al lenguaje, cambia de forma.

II. Principio de fraguado

  1. Toda creencia es un vertido: cae húmeda sobre la mente, ocupa un vacío, y fragua.
  2. El hormigón no es símbolo: es sustancia. La fe se vuelve material, la idea se endurece, la metáfora se convierte en arquitectura.
  3. En el hormigón–religión, el espíritu no asciende: se solidifica.

III. Ontología del material

  1. El hormigón no es puro ni noble. Es mezcla:
    • grava
    • agua
    • arena
    • cemento
      Así también lo es toda creencia: una impureza organizada.
  2. El cemento ocupa el lugar que ocupó la divinidad: no crea mundos, los sostiene.
  3. El mallazo es nuestro exvoto. La fe tiene nervios de acero.

IV. De los templos y los altos hornos

  1. La hormigón–religión erige templos sin idea de eternidad, sólo de resistencia.
  2. El lugar sagrado no es un monte; es un vacío donde la estructura todavía no se ha decidido.
  3. Nuestras catedrales son naves industriales: allí se escucha cómo la trascendencia cura, cómo humea, cómo suelta vapor.
  4. La liturgia consiste en observar cómo un encofrado toma forma.

V. Teología de la grieta

  1. No hay dogma sin fisura.
  2. La grieta es revelación: no anuncia el derrumbe, sino la verdad del material.
  3. Quien sigue la hormigón–religión aprende a leer las fracturas: allí habla la fe.
  4. La grieta es una oración en idioma mineral.

VI. Bestiario de obra y descomposición

  1. Las termitas son profetas: conocen el interior, roen lo íntimo, desfondan lo que parecía entero.
  2. Las ballenas varadas son nuestras parábolas: cuerpos gigantes convertidos en esqueletos de metal, donde la carne revela la estructura.
  3. La viruta metálica de las playas es nuestro incienso: pequeñas astillas del mundo que fue.

VII. Palabras desplazadas, mundos desplazados

  1. La hormigón–religión se expande por sustitución:
    • dios → cemento
    • alma → mezcla
    • cruz → mallazo
    • salvación → carga estructural
  2. Todo puede renombrarse. Todo puede re-fraguarse.
  3. En el cambio de palabra ocurre el milagro: la realidad se reorganizamontaña simulada

VIII. Rito de obra y demolición

  1. Creer es construir; dudar es demoler. Ambas acciones son sagradas.
  2. No se distingue entre templo y ruina: ambas son fases de ciclo.
  3. El creyente no busca elevarse: busca sostenerse.
  4. La hormigón–religión no promete eternidad, sino coherencia estructural momentánea.

IX. Ética del encofrado

  1. Todo ser humano es un molde temporal. fetichización del paisaje
  2. Lo que vertemos en él —memoria, culpa, deseo— cura con el tiempo.
  3. Cada vida es una arquitectura improvisada, sometida a cargas inesperadas.
  4. La responsabilidad es Modos de ver, revisar tus grietas y no negarlas.

X. Conclusión: la fe que se endurece

  1. La hormigón–religión no pretende la verdad; pretende el espesor.
  2. Creemos en lo que sostiene, no en lo que promete. masa pétrea
  3. La revelación final es simple:
    somos estructuras que se piensan a sí mismas mientras fraguan cristal river.

 

The new analog


 

Nadie ha escrito los poemas de Ashbless


 [te escucho desnudar a contraluz al círculo de uróboros] 


22 sept 2025

Manifiesto para desprogramar el CAPTCHA

 


Manifiesto para desprogramar lo Humano

Manifiesto para desprogramar el CAPTCHA

El CAPTCHA te pregunta: “I’m not a robot”.
Y respondes que no,
pero llevas la red en la mano,
los algoritmos en la cabeza,
la dependencia tatuada en el pulgar que desliza.
¿No es ya eso ser medio-máquina?
¿Qué es un humano?

Dicen que fue el hombre blanco, occidental,
quien dibujó mapas y fronteras,
quien declaró suyo el planeta entero.
Pero ese “universal” era trampa:
una ficción de poder que llamó humano a unos pocos,
dejando a los demás al margen: mujeres, pueblos, criaturas,
convertidos en naturaleza muda, en recurso, en objeto de dominio.

Nos piden repetir: “I’m not a robot”.
Pero lo humano nunca fue esencia fija,
sino campo de batalla,
relato en disputa,
porque somos homo narrans:
existimos en las historias que contamos
y en las que nos fueron arrebatadas.

Hoy el universalismo retorna con otra máscara:
el transhumanismo.
Promete prótesis infinitas, cuerpos inmortales,
una fuga hacia adelante donde la carne es lastre.
Pero no es liberación:
es la hiperstición del turbocapitalismo,
la religión del progreso que confunde técnica con salvación.

La técnica nunca fue neutra:
cada dispositivo arrastra un mundo,
cada prótesis dicta obediencias,
cada invento reorganiza lo vivo.
No elegimos: somos arrastrados,
presa de la vergüenza prometeica
que admira a la máquina más que a la vida.

El poshumano, sin embargo, no es esa huida,
ni la inmortalidad a crédito,
ni el culto a lo artificial.
El poshumano es desborde:
vida en rizoma,
parentezco con lo no humano,
narraciones múltiples,
futurabilidades insurgentes.

Entonces, ¿qué es un humano?
No el amo del mundo,
no el robot/ cyborg que pretende ser dios,
sino la fragilidad que imagina,
el temblor que inventa relatos,
la alianza que desarma fronteras.

No somos robots ni universales vacíos:
somos narración, mestizaje, contaminación.
Y en esa impureza —en ese gesto mínimo que se escapa del control —
late la verdadera insurrección.

11 ago 2025

Nova port

 


Como si los cuartos hubieran mutado en naves espaciales. Lanzaderas inmóviles. Cápsulas sin destino. Una nave espacial: aire cerrado, aire nunca puro. Y, al mismo tiempo, la ilusión de hablar con un exterior inmenso, inabarcable.
El espacio exterior existe, pero está exento de aire y de gravedad.
Los cuartos son naves no por sus botones, paredes de metal o puertas de Alien, sino por la idea. Por la estética imaginada: luces frías, zonas acolchadas, escafandras que permiten dormir dos años antes de llegar a ninguna parte.

La cabaña autárquica es la profecía autocumplida de la nave-cuarto del draconiano nuevo sistema solar.
La morfogénesis del cuarto nave-búnker trabaja con conceptos, no con materiales. Usa claves y ondas, deja pomos y sillas pegados con cola de milano. Va directo.

Atomización veri-Good y it's all the fashion now : aislarnos, construir el cuerpo-máquina que no puede liberarse.
Detrás de cada palabra: ideas buenas, semillas de sociedades alternativas. Las defendimos. Nos las robaron. Las usamos mal. Demasiada buena voluntad entregada sin blindaje.

El cuarto, cerrado de par en par. El aire, invisible pero pesado. Día tras día. Un hábitat hiperconectivo. El cuarto como mente. La mente como cuarto enlazado a un Interfax.

La cabaña en el bosque anuncia el búnker.
El búnker no se fabrica en masa, pero se propaga como imagen: guerra nuclear, mochila de los últimos días.
Miedo y amor. Miedo y amor.

Al final de la obra, vemos a una persona real caminando durante un largo rato por una vasta llanura cubierta de trigo. El sol aprieta fuerte. Cuando decide que está justo en el centro, todo se vuelve drama.

Realiza entonces la coreografía de las azafatas: movimientos precisos, mecánicos, rituales. Se coloca el chaleco salvavidas en medio de la planicie. Tira de las correas. El chaleco se infla y caen al suelo miles de trozos de aquel cuerpo, nadie alcanza a verlo, un montaje dirá en internet luego.

Una explosión nuclear, diminuta como una hormiga, estalla a su alrededor. Entre el humo y el polvo, emerge la cabeza de una cerilla quemada, prueba silenciosa de la explosión. Queda esa imagen, o por si lo prefieres, puedes salir a dar una vuelta por el barrio y encontrarte con un grupo de palomas devorando el vómito de algún borracho de la noche anterior.

31 dic 2021

Nuestros corazones demandan nuevas mitologías

 

Nuestros corazones demandan nuevas mitologías.

Lo bueno de encontrar historias en cajones olvidados, legajos… Si la cantidad es grande, y con ella puedes cubrir el suelo de un cuarto amplio, la imagen como conjunto será mayor que las historias y letras volcadas en tu literatura universal. Aunque pueda parecer una mesa larguísima, repleta de manjares y oropeles —como el banquete final de los tiempos—, acaba siendo devorado por las moscas y las larvas blancas. Creo que la reposición total puede ser eso. Quiero decir: una de las historias tiradas en el suelo sería esa.

Olvidar parte de una historia y dotarla de los atributos del momento… quizá sea un tipo de trasvase. Claro que, si recoges todas las hojas después de esparcirlas por el suelo del salón, y mientras caminas sobre los folios las observas detenidamente, puedes descubrir que más de una mano las ha escrito. Y tú creías que eran obra tuya únicamente. Una obra magna, y todo ese rollo de libros de más de mil páginas. Incluso te percatas de la cutres que gobernaba aquellos legajos: algunos son simples copias; otros, papeles oficiales o facturas; y otros pertenecen a grafías desconocidas.

¿Por qué los metería en el cajón número 101 de aquel sistema de clasificación inventado por mí? Se suponía que la biblioteca estaría compuesta por hermosos y raros manuscritos propios. La maleta 14 y el baúl 16 contendrían relatos creados con fragmentos robados de otros libros; el 92, sin correspondencia con la concatenación del sistema de ordenación, guardaría frases escuchadas en la calle, apuntadas al vuelo. Frases que habían llamado mi atención, pero que no podían ser verdaderos “relatos”: eran demasiado inconexas. Frutos del azar.

Otra idea presente era la de la eterna llama: fuego vivo que hace que el techo se hunda y se abra al firmamento. “La bóveda celeste”, pone en algún papel, seguramente. Un fuego que sirva como detonante para un nuevo tipo de literatura chorra y maravillosa. El resultado final de la vida antes de la muerte. Es una bobada, pero me gusta la idea: una casa con pocas cosas; y que esas pocas cosas no tengan la menor identidad, la menor garantía de carácter. Un bote de cristal grueso acoge unas cenizas negras como el humo de una locomotora.

Al rato, identificar toda la prosa con aquel polvo azabache. Recomponerla con la oralidad, quizá ayudado con una lupa. Una anécdota. Dos. Tres. Resulta que, al final, el amigo de Kafka quemó todos los libros… o, mejor dicho, la mejor forma de quemarlos fue entregarlos. No lo sé; siempre que veo cenizas pienso en un baúl con la obra de Kafka ardiendo a las afueras de la ciudad, justo detrás de un bosque.

No quiero decir que las cenizas sean un apropiado abono. No. Quizá la idea que está detrás sea la de reunirse bajo el fuego, un grupo de personas, y contar historias milenarias de las nuevas mitologías.




ERROR 301

 

13 mar 2021

Zancadilla mal ejecutada

 

 Visión electrica del modelo visual del papel cortado/pegado


31 dic 2020

Aves del paraíso

 


Poseía una gran experiencia en la materia, sus años en las charcas la hacían pasar por una de las más sensibles a cualquier mínimo movimiento que aconteciera ahí debajo, donde el lecho fangoso pareciera un lugar poco propicio para encontrar algo suculento que llevarse a la barriga. Además, sus patas zancudas conocían los intentos de fuga de todos los peces y anfibios, yendo a parar a su pico en un gran número de ocasiones. Al otro lado, aquella garza real formaba parte de una estampa habitual de los humedales de Bentonio, donde un montón de gentes venían a ver por algún motivo aquellos seres emplumados sin llegar a disfrutarlo del todo.

 Era una parada gratuita que, en la mente de muchos visitantes, al ver el cartel en la carretera se tornaba como plausible y necesaria, dentro de un marco que abarcara algo más que sol y playa y pudiera dar píe a descansar del ir y venir del coche. El lugar además poseía otro encanto; unos baños limpios y unos bancos cómodos situados en una fresca sombra. Todo esto hacía de aquel lugar algo más que un observatorio para aficionados a la ornitología, cuya impresión de dicho lugar pasaba por ser quizás uno de los pocos lugares vetados debido a la fuerte afluencia de turístas. Todo remarcado con un montón de mensajes pedagógicos y diseños funcionales, tratándose de un observatorio de aves de primera categoría, que sin duda lo era, pero la presencia de muy abundantes visitantes que descansaban por el simple hecho de reposar gratuitamente hacía de este un lugar no acto para tipos con prismáticos y guías raras. Cabe imaginar grupos de antropólogos escondidos observando a lo lejos el comportamiento de aquellos extraños visitantes. Cabe añadir más capas a esta sobreposición de lentes, la del que no mira el paisaje de esa forma y mucho menos con libreta y prismáticos queriendo comprender al otro, un otro taxonómico y ajeno.

 A veces se confabulaban los dioses y un turista en toda regla se presentaba con sus prismáticos para analizar los aconteceres de aquel ecosistema con una frescura propia de los mejores naturalistas, viendo en cada detalle un acopio de saberes. Prismáticos y microscopios ebrios de detalles, un zoom sobre esa estampa a una escala microscópica, metiendo el humedal en una pequeña placa Petri. De alguna forma, aquel lugar era eso, un microcosmos dentro de una zona hiper-turística donde todo se puede ver a simple vista o incluso es acercado para poder verlo más de cerca, todo es todo.

 Ver como cristaliza el agua sometida a baja temperatura y sentir como esos cristalitos se clavan sobre las largas patas de nuestra emplumada amiga, quedando atrapada por la congelación del agua y observado delante suya el tiempo detenido de una joven carpa, que al notar la cercana vibración de las zancadas nado estrepitosamente sin poder escapar, quedando atrapada por el hielo a escasos centímetros de la garza. Sus patas estaban estáticas, pero el resto del cuerpo podía aun moverse e intento golpear con el pico el hielo que delante suya dejaba ver una silueta conocida de un rico pez. No en vano el grosor del hielo hizo imposible la monumental tarea.

 Las hojas al ser tocadas se partían en millones de pequeños trozos verdes, que al llegar al suelo engrosaban la información almacenada en los fríos casquetes polares. La congelación fracciono las patas, dejando tendida de lado a la garza que luchaba afanosamente por levantarse, por levantar vuelo. Pero al intentar elevarse con todas sus fuerzas, una parte del ala izquierda comenzó a congelarse. Luchó y durante unos instantes (creyó) se levantó unos centímetros del suelo, como si pudiera elevarse y una vez en el cielo, escapando de aquella congelación perpetua en forma de tubos de cuarzo color violeta, sus patas volvieran a crecerle. No dio tiempo a tal cosa, su ala se partió como si fuera una copa de algún turista que la tirara de la quinta planta del hotel directa al suelo y se hiciera añicos en miles de pedazos. Trozos por todas partes, trozos por el parterre, en la cercana piscina, en la suela del zapato del segurita. La garza quedo tendida y poco a poco fue partiéndose y formando parte de las formaciones de témpanos violetas, del plástico fundido que atrapa la silueta a la que acoge transparentemente. Todo el territorio insular cubierto por una pátina de la más transparente resina epoxi. Aves del paraíso de cristal de bohemia para jugar en la arena; al rato dejadas en la orilla; el recuerdo del viaje a la llanura brasileña del Mato Groso y el emic y el etic del turismo; y la garza real bajo una ola de calor que seca rápidamente la laguna, la charca, el millo, la lengua y la puesta en marcha de medidas contra la sequía  a base de cubitos de hielo; el aire acondicionado funcionando a las afueras de la zona principal del hotel, a toda máquina en un ruidoso funcionar en la puerta trasera de los todos los paisajes áridos. Ir a la playa sin toalla con mucha arena y solajera.

30 abr 2020

El Naturalismo


Origén del fuego y de la bebida divina. Kuhn



21 abr 2020

La Isla de Malden

Una imagen nos tuvo presos.



Creemos una y otra vez que seguimos la naturaleza y lo que seguimos es sólo la forma a través de la cual la contemplamos.
Una imagen nos tuvo presos. Y no podíamos salirnos de ella pues consistía en nuestro lenguaje, de suerte que éste nos parecería repetirla inexorablemente.
Ludwing Wittgenstein.

9 abr 2020

Los pasos perdidos


Abandonadlo todo.
Abandonad Dadá.
Abandonad a vuestra mujer, abandonad a vuestra amante.
Abandonad vuestras esperanzas y vuestros temores.
Abandonad a vuestros hijos en medio del bosque.
Soltad al pájaro en mano por aquellos que están volando.
Abandonad, si hace falta, una vida acomodada,
aquello que os presentan como una situación con porvenir.
Lanzaos a los caminos.



André Breton, Los pasos perdidos, 1924.