Van gogh: el suicidado de la sociedad y para acabar con el jucio de Dios
Quiero decir (1) que la erotomanía no es un vicio pasajero.
No es un vicio ejecutado en las tinieblas, sino a pleno día, en bandas, en rosarios, en precesiones, en séquitos en los que en algunos puntos de la tierra participan centenares o miles de personas rodeadas de ese acompañamiento de la fantasmagoría de miles de espíritus, que durante las noches se agranda hora
tras hora,
sino un rito (2) cuidadosamente cultivado y repetido a diario en toda la extensión de la tierra y que en número , importancia, intensidad y cantidad adquiere una importancia infinitamente mayor que todas las investigaciones de los científicos sobre el uranio, el helio, la bomba atómica, la electricidad atómica, o de los médicos, psicólogos y psicoanalistas sobre el inconsciente.
Y conozco a más de un científico ruso o americano que ha encontrado en una orgía la solución de muchos problemas (3) eléctricos y atómicos
hasta entonces completamente abstrusos.
Cuando hablo de vagina asada (4),
Se debe a que en determinado momento de la orgía se pone al fuego un sexo femenino u órganos de recién nacido,
No en imagen sino en hecho, y así, total y verdaderamente quiero decir mediante espantosas porquerías de este género, es como la vida presenta mantiene su espantosa cacofonía.
Y lo que (5) tan vorazmente se arroja a maniobras de este orden no es el posible resto de las razas aún inmersas en un fondo de primitivo salvajismo,
sino por el contrario todo ese magma purulento de la casta de los grandes burgueses eximidos de la conciencia y del espíritu:
curas, científicos, médicos, profesores, bonzos, rabinos, imanes, lamas, bramanes, yoguis, gurús, sufíes, muftíes, parias, parsis, cenobitas, rabíes, nabíes, faquires, almuédanos, de los malaya, del Cáucaso (6) o de los andes,
sino también, sobre todo ahora (invierno de 1947) , en los Cárpatos, Europa Central, los Alpes (7), los Pirineos, los Cévennes,
y en París.
Y si esto no marcha se debe a que la conciencia, del todo enferma, tiene actualmente el máximo interés en no salir de su enfermedad.
Pues el desorden, la injusticia, la inseguridad, la sanies, el crimen, no pueden dejar de ser la base de cualquier sociedad de veras.
Sería el fin del reino de los acaparadores, de los aprovechados, de los iniciados, iniciadores, pedantes y otros chulos (8) de una conciencia perpetuamente infantilizada.
Refrenad la falsa hospitalidad o los falsos afectos. No viváis para estar a la altura de esas personas engañadas y engañosas con las que entablamos relaciones. Decidles: ay; padre; ay, madre; ay, mujer, hermano, amigo, hasta el día de hoy he vivido con vosotros con arreglo a falsas apariencias, pero de ahora en adelante pertenezco a la verdad. Sabed que a partir de este momento no obedeceré ninguna otra ley que no sea eterna. No tendré alianzas sino vecindades. Me esforzaré por alimentar a mis padres, sostener a mi familia, ser el fiel marido de una sola mujer, pero cumpliré estas obligaciones de un modo nuevo y sin precedentes. Recuso vuestras costumbres. Debo ser yo mismo. No puedo quebrantarme más por mí, o por ti. Si podéis amarme por lo que soy, seremos más felices. Si no podéis, trataré incluso de merecerme vuestro amor. No ocultaré mis gustos ni mis aversiones. Creo hasta tal punto en que lo profundo es sagrado, que ejecutaré sin vacilar lo que me regocija íntimamente y lo que el corazón me dicta. Si sois nobles, os amaré; si no lo sois, no os deshonraré ni me deshonraré a mí mismo al dedicaros una atención hipócrita. Si sois sinceros, pero no interpretáis la verdad del mismo modo que yo, confiaros a vuestros compañeros que yo buscaré los míos. No obro de este modo por egoísmo, sino por humilde y sinceramente. Aunque hayamos sido rehenes de la mentira durante mucho tiempo, en mi interés tanto como el tuyo y el de todos los hombres quiero vivir ahora en la verdad. ¿Os suenan duras estas palabras? Pronto amaréis lo que prescribe vuestra naturaleza, lo mismo que la mía, y, si nos ceñimos a la verdad, ella nos llegará a buen puerto. Pero de ese modo podéis causar dolor a vuestros amigos. Es cierto, pero no puedo permitirme vender mi libertad ni mi poder para salvar su sensibilidad. Además, ¿quién se asoma a la región de la verdad absolutamente? Entonces, me darán la razón, y me imitarán.
El vulgo piensa que tu rechazo de los criterios al uso significa el abandono de cualquier norma y la impugnación de cualquier ley moral; y el sensual impúdico apelará a la filosofía para enmascarar sus desmanes. Pero la ley de la conciencia es perseverante. Hay dos confesionarios ante los que nos queda más remedio que acudir a descargar nuestras conciencias. Puedo dar cuenta de tus obligaciones de un modo directo y reflejo. Considera si has cumplido con tus relaciones, ya sean madre, padre, primo, vecino, conciudadanos, gato o perro; piensa si alguno de ellos te puede reprochar algo. Mas puedo incluso eximirme de ese criterio reflejo y hacerme concesiones. No así ante el círculo perfecto de exigencias de las que yo mismo me rodeo. En dicho círculo se niega el título de obligaciones a muchas que pasan por tales, pero si puedo salir airoso de ese tribunal, estoy autorizado a no atenerme al código popular vigente. Si alguien imagina que esta ley es laxa, que obedezca su mandato un día. Por que verdaderamente éste exige algo de divinidad en el hombre que ha deshecho de las justificaciones habituales y se ha aventurado a confiar en sí mismo como maestro. ¡Elevado ha de ser su corazón, fiel su voluntad, clara su mirada, para que pueda empeñarse de veras en ser él mismo su propia doctrina, sociedad y ley de modo que un simple propósito sea para él tan inquebrantable como férrea es la necesidad para los demás!
Cualquiera observador que analice las características de lo que suele denominarse sociedad actualmente, convendrá en la necesidad de una ética como ésta. No parece sino que se ha extraído el nervio y la entraña del hombre y que nos hemos convertido en un montón de abatidos y timoratos llorones. Nos atemoriza la verdad, la fortuna, la muerte, y nos tenemos miedo unos a otros. De nuestra época no surgen individuos excelentes y completos. Necesitamos hombres y mujeres que renueven la vida y nuestra condición social, pero lo que encontramos son, en su mayor parte, temperamentos insolventes, incapaces de satisfacer sus propios deseos, con ambiciones desproporcionadas a sus fuerzas, y que se rebajan a mendigar noche y día, insistentemente. Nuestra administración de la casa es menesterosa, así como nuestras artes, ocupaciones, matrimonios; la religión no la hemos elegido nosotros sino la sociedad. Somos soldados de salón. Rehuimos la abrupta batalla del destino, donde brotan las fuerzas.
La intensidad, la satisfacción y hasta el carácter de las necesidades humanas, más allá del nivel biológico han sido siempre precondicionadas. Se conciba o no como una necesidad , la posibilidad de hacer o dejar de hacer, de disfrutar o destruir, de poseer o rechazar algo, ello depende de si puede o no ser vista como deseable y necesario para las instituciones e intereses predominantes de la sociedad. En este sentido, las necesidades humanas son necesidades históricas y, en la medida en que la sociedad exige el desarrollo represivo del individuo, sus mismas necesidades y sus pretensiones de satisfacción están sujetas a pautas críticas superiores.
Se puede distinguir entre necesidades verdaderas y falsas. «falsas» son aquellas que intereses sociales particulares imponen al individuo para su represión: las necesidades que perpetuán el esfuerzo, la agresividad, la miseria y la injusticia. Su satisfacción puede ser de lo más grata para el individuo, pero esta felicidad no es una condición que deba ser mantenida y protegida si sirve para impedir el desarrollo de la capacidad (la suya propia y la de otros) de reconocer la enfermedad del todo y de aprovechar las posibilidades de curarla. El resultado es, en este caso, la euforia dentro de la infelicidad. La mayor parte de las necesidades predominantes de descansar, divertirse, comportarse y consumir de acuerdo con los anuncios, de amar y odiar lo que otros odian y aman, pertenece a esta categoría de falsas necesidades.
Estas necesidades tienen un contenido y una función sociales, determinadas por poderes externos sobre los que el individuo no tiene ningún control; el desarrollo y la satisfacción de estas necesidades es heterónomo. No importa hasta qué punto se hayan convertido en algo propio del individuo, reproducidas y fortificadas por las condiciones de su existencia; no importa que se identifique con ellas y se encuentre a sí mismo en su satisfacción. Siguen siendo lo que fueron desde el principio; productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren la represión
El predominio de las necesidades represivas en un hecho cumplido, aceptado por la ignorancia y por derrotismo, pero es un hecho que debe ser eliminado tanto en interés del individuo feliz, como de todos aquellos cuya miseria es el precio de su satisfacción. Las únicas necesidades que se pueden inequívocamente reclamar satisfacción son las vitales: alimento, vestido y habitación en el nivel de cultura que esté al alcance. La satisfacción de estas necesidades es el requisito para la realización de todas las necesidades, tanto de las sublimadas como de las no sublimadas.
Para cualquier conocimiento y conciencia, para cualquier experiencia que no acepte el interés social predominante como ley suprema del pensamiento y de la conducta, el universo establecido de necesidades y satisfacciones es un hecho que se debe poner en cuestión en términos de verdad y mentira. Estos términos son enteramente históricos y su objetividad es histórica. Es juicio sobre las necesidades y su satisfacción bajo las condiciones dadas, implica normas de prioridad; normas que se refieren al desarrollo óptimo de los recursos materiales e intelectuales al alcance del hombre. Los recursos calculables. La «verdad» y la « falsedad »de las necesidades designan condiciones objetivas en la media en que la satisfacción universal de las necesidades vitales y, más allá de ella, la progresiva mitigación del trabajo y la miseria, son normas universalmente válidas. Pero en tanto que normas histórica, no sólo varían de acuerdo con el área y el estado de desarrollo, sino que también sólo se pueden definir en (mayor o menor) contradicción con las normas predominantes. ¿ y qué tribunal puede reivindicar legítimamente la autoridad de decidir?
En última instancia, la pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas o falsas sólo puede ser resuelta por los mismo individuos, pero sólo en última instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad para dar propia respuesta. Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean adoctrinados y manipulados (hasta en sus mismos instintos), su respuesta a esta pregunta no puede considerarse propia de ellos. Por lo mismo, sin embargo, ningún tribunal puede adjudicarse en justicia el derecho de decidir cuáles necesidades se deben desarrollar y satisfacer. Tal tribunal seria censurable, aunque nuestra repulsa no podría eliminar la pregunta: ¿cómo pueden hombres que han sido objeto de una dominación efectiva y productiva crear por sí mismos la condiciones de la libertad?
Cuanto más racional, productiva, técnica y total deviene la administración represiva de la sociedad, más inimaginables resultan los medios y modos mediante los que los individuos administrados pueden romper su servidumbre y alcanzar su propia liberación. Claro está que imponer la Razón a toda una sociedad es una idea paradójica y escandalosa; aunque se pueda discutir la rectitud de una sociedad que ridiculiza esta idea mientras convierte a su propia población en objeto de una administración total. Toda liberación depende de la toma de conciencia de la servidumbre, y el surgimiento de esta conciencia se ve estorbado siempre por el predominio de necesidades y satisfacciones que, en grado sumo, se han convertido en propias del individuo. El proceso siempre reemplaza un sistema de precondicionamiento por otro; el objetivo óptimo es la sustitución de las necesidades falsas por otras verdaderas, el abandono de la satisfacción represiva.
El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas — liberadas también de aquello que es tolerable, ventajoso y cómodo — mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la función represiva de la sociedad opulenta. Aquí, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañosas tales como la libre competencia a precios políticos, una prensa libre que autocensura, una elección libre entre marcas y gadgets.
Bajo el gobierno de una totalidad represiva, la libertad se puede convertir en un poderoso instrumento de dominación. La amplitud de la selección abierta a un individuo no es factor decisivo para determinar el grado de libertad humana, pero sí lo es lo que se puede escoger y lo que es escogido por el individuo. El criterio para la selección no puede nunca ser absoluto, pero también poco es del todo relativo. La libre elección de amos no suprime no a os amor ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y temo, esto es, si sostienen la alienación. Y la reproducción espontánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonomía; sólo prueba la eficacia de los controles.
Nuestra insistencia en la profundidad y eficacia de esos controles está sujeta a la objeción de que le damos demasiada importancia al poder de adoctrinamiento de los mass-media, y de que la gente por sí misma sentiría y satisfaría las necesidades que hoy le son impuestas. Peor tal objeción no es válida. El precondicionamiento no empieza con la producción masiva de la radio y la televisión y con la centralización de su control. La gente entre en esta etapa ya como receptáculos precondicionados desde tiempo atrás; la diferencia decisiva reside en la disminución del contraste (o conflicto) entre lo dado y lo posible, entre las necesidades satisfechas y las necesidades por satisfacer. Y es aquí donde la llamada nivelación de las distinciones de clase revela su función ideológica. Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisión y visitan los mismos lugares de recreo, si la mecanógrafa se viste tan elegante como la hija del jefe, si el negro tiene un Cadillac, si todos leen el mismo periódico, esta asimilación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones, que sirven para la preservación del « sistema establecido » son compartidas por la población subyacente.
Es verdad que las áreas más altamente desarrolladas de la sociedad contemporánea la mutación necesidades sociales en necesidades individuales es tan efectiva que la diferencia entre ellas parece puramente teórica. ¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento? ¿Entre el automóvil como molestia y como conveniencia? ¿Entre los horrores y las comodidades de la arquitectura funcional? ¿Entre el trabajo para la defensa nacional y el trabajo para la ganancia de las empresas? ¿Entre el placer privado y la utilidad comercial y política que implica el crecimiento de la tasa de natalidad?
De nuevo nos encontramos ante uno de los aspectos más perturbadores de la civilización industrial avanzada: elcarácter racional de su irracionalidad. Su productividad y eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir las comodidades, de convertir lo superfluo en necesidades y la destrucción en construcción, el grado en que esta civilización transforma el mundo-objeto en extensión de la mente y el cuerpo del hombre hace cuestionable hasta la noción misma de alienación. La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido.
- ¿Qué llevas ahí? - Varios artículos- responde Sivert – queremos venderlos en el distrito de abajo. Geisiler no hace gran caso de la respuesta; tal vez ni la ha oído. Y continúa: - Voy, pues, a comprar las piedras una vez más. Antaño mi hijo compró en mi lugar; es un muchacho de tu edad, y nada más. En la familia es él es el rayo. Yo soy la niebla. Soy de los que conocen lo que conviene, pero no lo hacen. El es el rayo; y ahora está al servicio de la industria. Yo soy la niebla. Yo soy algo, pero él no es nada; es, solamente, el rayo, el hombre dinámico de nuestro tiempo. Pero el rayo, como tal, es estéril. Pongamos vuestro caso, el de los Sellanrao. Veis todos los días que las montañas azules no son invenciones, son las viejas montañas que se alzan desde tiempos remotos, pero son vuestras compañeras. Así vais al unísono con ellas y con la anchura del espacio, y habéis sido arraigados. No tenéis necesidad de empuñar la espada, y sin proteger vuestra cabeza con un yelmo y con mano desarmada, atravesáis la vida rodeados de aventuras. Mira, ahí está la Naturaleza es tuya y de los tuyos. El hombre y la naturaleza no se hacen la guerra; se dan la razón recíprocamente; no entran en competencias ni corren en porfía detrás de ningún prejuicio, si no que andan del brazo. Así os veo; gente de Sellanrao, coronados de prosperidad. Las montañas, el bosque, la praderas, el cielo y las estrellas, todo esto no está sujeto a medidas mezquinas. Es inconmensurable. Hazme caso, Sivert, y conténtate con tu mente con tu suerte. Tenéis todo lo que necesitáis para vivir, y todo aquello que es objeto y fin de vuestra vida eterna. ¿Y qué tenéis, en cambio? Tenéis una existencia legal y honrada, una existencia en armonía con todas los demás. ¿Y qué más tenéis? Nada os subyace ni os domina, gente de Sellanrao; tenéis paz, y poder, y dominio; estáis rodeados de la inmensa bondad. Esto es lo que tenéis a cambio. Descansáis sobre un seno cálido, y jugáis con una blanda mano maternal, y bebéis hasta apagar la sed. Pienso en tu padre, que es uno de los treinta y dos mil. Y tanto otros, ¿qué somos? Yo soy algo: soy la niebla; estoy aquí, estoy allá; voy y vuelvo y, a veces, soy la lluvia que cae sobre tierras sedientas. Pero, ¿los otros? Mi hijo es el rayo, que no es, realmente nada- un resplandor fugaz y estéril – y sabe hacer negocios. Mi hijo es el tipo de hombre de nuestros tiempos, cree sinceramente lo que su tiempo le ha enseñado, lo que le han enseñado el judío y el yanki; yo lo veo y muevo la cabeza. Es mí no hay nada de misterios; sólo en el seno de mi familia soy la niebla, y muevo, disconforme, la cabeza. Y es que a mí, Sivert, me falta el don de obrar sin escrúpulos. Su tuviera este don podría ser también el rayo. Así, soy la niebla.
La vida de las hormigas. Es interesante
comprobar, de paso , que las tres especies de insectos cuya civilización está muy por encima de la de todos los demás poseen un órgano colectivo o social que, si no es idéntico en unos que en otros, desempeña funciones análogas. Por regurgitación, en este caso estomacal, nutren las abejas a sus ninfas y a sus reinas. La miel de la colmena no es más que un néctar colectivo regurgitado. Entre los termes, el órgano altruista es un a veces el estómago y con más frecuencia el vientre. ¿Existe alguna relación entre el altruismo más o menos completo de aquel órgano y el grado de civilización de las tres especies? Lo ignoro; pero, si hubiera que compararlas entre sí, pondría en primer término a las hormigas, luego a los termes y el último, a pesar del prestigio de su vida brillante, de la maravilla de sus construcciones, de su cera y de su miel, a nuestra abeja doméstica. Supongamos por un momento que poseemos un órgano parecido. ¿Cómo sería una Humanidad que no tuviese otra preocupación, otro ideal, otra razón de su existencia que la donación de sí misma y la felicidad ajena; una humanidad en la cual trabajar para el prójimo, sacrificarse total y constantemente, fuera la única alegría posible, la felicidad fundamental, en una palabra: la voluptuosidad suprema, de la cual sólo percibimos un fugitivo relámpago en brazos del amor? Por desgracia, estamos constituidos de tal manera que la realidad es todo lo contrario. El hombre es el único animal social que no posee ningún órgano social. ¿Es acaso esta razón la que le impide ser otra cosa que un socialista o un comunista precario y artificial? Sólo podemos subsistir viviendo concéntricamente, al paso que las hormigas son centrífugas por naturaleza. Sus ejes no giran en el mismo sentido. En nosotros es todo necesariamente, orgánicamente, fatalmente egoísta. Al dar nos excedemos de nuestras leyes vitales, nos hacemos traición, con esfuerzo que nos hace faltar a la regla y que calificamos de acto virtuoso. En aquellas especies ocurre lo contrario: al sacrificarse, al prodigarse, siguen su natural inclinación, y, al negarse, se violentan y transgreden su instintivo altruismo. También poseemos en el espíritu y, a veces, en el corazón; pero como no es físico carece de eficacia. ¿Acabarán la función, la insistencia moral y espiritual por crear el órgano material, como creen los transformistas? No es imposible. En la naturaleza, con la complicidad de los siglos o de los milenios, se puede adivinar prodigios que no atrevemos a esperar. Sin embargo, hay que reconocer que el prodigio parece ahora menos inminente que otras veces, y ya bastantes épocas han sido más generosas que la nuestra. Las religiones eran como el cebo o el boceto de un órgano altruista y colectivo que nos ofrecía en otro mundo las voluptuosidades que las hormigas, al entregarse, desfrutan en éste. Vamos extirpándolos; sólo nos queda el órgano egoísta e individual de la inteligencia, que tal vez algún día se supere y rompa el círculo que la encierra, ¡pero sabe dios cuándo será eso! Por último, no perdamos de vista que, aun entre las hormigas, esa caridad universal, esa perpetua comunión, no excluyen las guerras. Cierto es que cada vez son menos frecuentes y crueles de lo que cree el vulgo.