15 may 2026

El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery

 El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery

Muchas palabras me siguen fascinando. Algunas de ellas fueron como cuadernos mágicos: la letra no existía, pero, mediante aquella cosa, mediante aquella palabra, parecía emerger un fluido abecedario, la arquitectura del relato a través de una palabra, o cosas por el estilo: tropo, legajo y, menos, carpetovetónico.

Luego te vas haciendo con frases de la calle o te esfuerzas en la transpiración de las imágenes, como si se tratara de hacer café. Calentarlas. Que vengan de donde tienen que venir.

Un señor extraño —bueno, un extraño observador observa al extraño señor— refiere el uso del lenguaje griego con su muy querido perro. Le habla en griego antiguo. Suponemos que es un profesor jubilado de filología clásica: diccionarios de griego, letras raras, muchas horas estudiando, no sé, hasta llegar a dominarlo. Y el perro, como gran interlocutor, obviamente, por lo de “la secta del perro”, o por creer que la idea del señor que habla a su perro en griego es suficiente para desdibujar el resto: su casa, su tipo de vida, el tipo de matrimonio, el predominio de los muebles en tonos madera clara, el tipo de perro y si va delante mirando a veces al dueño, pensando en cosas leales, la lealtad del profesor, el miedo a primera hora y, sobre todo, a última, no sé, algo de mapas de geografía, el mapa, palabras en griego a su querido perro, es jodidamente fácil saber el resto. Veo las babuchas con claridad, veo los contornos de las sombras, en el espejo, sin sonreír, dos hijos y todo ese rollo, hablarle al perro en griego, comentarlo con amigos, etcétera, o más raro aún, no comentarlo, hacerlo en casa como si fuera la señal inequívoca de su soledad, el señor ese raro, simpático y buen académico que compra buenos embutidos hablándole al perro en puto griego antiguo, él muerto de risa, el perro no tanto. Embutidos: un pequeño homenaje, un gran personaje.

No llegué a soñarlo, pero suelo decir que lo soñé. No sé, la idea de que el flujo del río-imagen, y que nunca leería a Gianni Rodari por lo que supone de asexual en cuanto a la oralidad y la teoría del personaje, del encuentro y todo eso. Vino por una mariposa que me encontré muerta y, como siempre ando pensando en búnkeres versus cabañas, de alguna forma apareció bajo la tutela del apocalipsis como texto utópico.

No sé, la mariposa, o, mejor dicho, millones de mariposas monarca: con ellas estuve estrechamente relacionado de pequeño. Las adoraba, las muy queridas. “Aprende a cogerlas sin hacerles daño”, dijo el amo. No sé, tenía siete años. La virtud de aquel torrente de estelas visuales me llevó a juntar búnkeres, mariposas monarca y el apocalipsis.

La idea-droga era la siguiente; la llamé “Atajo a Montgomery”. Subido —o dentro— de la parte, o sobre el orbe de un acantilado, aparece el saliente de un búnker que parece veteado de oro sobre la extensión rocosa. Llevo años pensando cosas similares, el fugaz momento donde el hormigón es una prueba más de la creencia en la vida después de la muerte, una chapucera idea, pensar en la idea de lo eterno en la roca y producir formas bajo el mismo estilo, la guerra es la excusa, pero son los mismos patrones de las pirámides y sus paridas. Vemos el búnker sobre aquella dorsal oceánica. Vemos un paisanaje. Entonces empiezan a caer monarcas al suelo. El suelo queda repleto de monarcas. La fina niebla las rodea. Te agachas para ver qué es lo que pisas: la hojarasca de las alas. Y decimos que es como bailar tecno en Atenas, sus códigos. No hablo inglés, pero, lo dicho, las mariposas no son el final.

El acantilado está en desuso. La gente vive bien bajo cielos rosas. La noche es anaranjada. Caen todas ellas. El ciclo comienza. El búnker es una veta de otro material, sólido. La noche en Atenas. Creo que la idea de un búnker que nunca fue usado, la idea de un misil bíblico, no sé, en los albores de la tempestad, justo antes de la guerra del champiñón, ver caer miles de monarcas, como hacen los turistas que viajan a México, verlas fornicar y morir, cubrir el suelo del bosque, atestado el follaje, no sé si realmente pueden. El tipo va y le huele el culo a su perro, no es que se deje humillar, no sabe responder a la idea de un ágrafo feliz con seda en el sobaco.

No sé si es buena idea que el personaje sea eso: palabras o imágenes. Dicho de otra forma, un ágrafo feliz.

No hay comentarios: