24 jun 2026

Un día al volver (o ‘AOUUU’)

 


Un día al volver (o ‘AOUUU’)

Un día al volver, puede que los objetos...

Solía comenzar trazando una línea en la mitad del folio: una forma arcaica de cielo y tierra. Todo reside en la idea, Katiusha: encender un fuego, notar cómo la cabaña se calienta. Katiusha, un morador único habita en esta; la intensidad del personaje debe ser blanda, no conclusiva. Para cuando tengamos claras las cosas del eremita-protagonista, la cabaña se va convirtiendo, remodelando —el humo, la neblina-humo, la inhalación y el fuego de la pipa, ascuas narrativas, el humo nuevamente; dejar que el humo sugiera la siguiente continuidad— en una taberna sencilla y pulida de comidas calientes. Es un intento humilde de evitar la cristalización narrativa: continuar hablando al calor del fuego, embriagarse por una historia que pronto, al igual que en el río, flota como una densa neblina. Desde la cocina de la taberna emana una bruma de humo de fogón y magia artúrica.

Irán apareciendo los personajes cual telón, siempre precedidos por un primer plano de un fuego fatuo: el tabaco ardiendo en la colosal pipa que es el mundo, las pausadas respiraciones que encienden las ascuas que alumbran el rostro del anciano. Comensales en una taberna. Normalmente la taberna se muestra jovial y ruin: sonrisas de borrachos apacibles con pocos dientes, de ropas como harapos. Algo de ruido, algo de camaradería. No creo que ni tan siquiera exista el mundo fuera. La taberna es todo. Acá nadie muere, nadie nace. Humo que crea gente, neblina que presenta a los personajes, pipa con tabaco que ilumina un cuarto, una chimenea como una inmensa pipa donde la madera arde con un hermoso tono rojizo.

El humo transporta a un joven músico. Tocará melódicas y tristes canciones; su voz hará a todo el mundo flotar con los más bellos recuerdos. Truco aquel, el de las raíces que penetran la dura tierra y escapan, queriendo escapar del vernáculo fuego del que ustedes, lectores, aún no saben. En una mesa, un hombre agarra con fuerza la madera mientras escucha la música que le evoca el recuerdo de aquel caballo que crió. Él en el centro y el potro dando vueltas, haciendo círculos, habidos los dos en el verano. Al final, él acerca su cuerpo abrazándose al caballo blanco, sintiendo su fuerza; un halo potente de vida une a ambos, el fuego quema la correa.

Puede que la taberna sea un bosque de abedules en un gélido invierno. Digo "puede", pero lo es. Un rayo cae sobre un viejo tronco; este arde poco a poco hasta que el fuego se va extendiendo hacia las raíces. Arde lenta pero irremediablemente. Todo sucede por debajo de la tierra, de raíz en raíz. No se puede apreciar la ardiente ascua; arriba, en la superficie, el blanco invierno gesta hielo. Al rato, todos entonan una conocida melodía y se apodera del espacio una gran camaradería. El marido de la posadera emerge como de la nada y, cual gallo, su pecho se llena de aire y expulsa un chorro vibrante de voz; canta y canta con gran fuerza. Por un momento parece que las paredes ceden, caen como folios y toda la taberna se transforma en una especie de ópera. Un joven rapsoda con un acordeón tocará como si fuera un ángel; un rostro misterioso que hará que aquella noche todos canten sus alegrías y recuerdos. La melancólica noche de los abedules se llama. Toca evocar.

Al borde del contenedor está tirado, sin más. Nadie diría que ese menudo cuadro alberga vida narrativa; la carcoma del marco hizo que lo abandonaran. Un cuadro que representa un bosque de abedules en la dureza del invierno: congelación total. El cuadro no dice nada del fuego producido por el rayo, pero somos capaces de verlo, de enfocarlo, de sentirlo.

El cepillo de carpintero se desliza suavemente en el taller del luthier. Un ratón se lleva las virutas para hacer un cálido nido. El carpintero descubre el nido y ve dos figuras rosas y ciegas que se mueven; oye un ruido detrás de sí y ve, por debajo de la mesa, cómo un ratón pequeño salta y se mueve rápido, nervioso. La madre no volvió debido al miedo. Consigue que uno de los ratones sobreviva gracias a la leche de su perra... y yo sin poder contar la historia de la perra (quiero decir que ya la sabéis).

Quizás sea uno de los mejores momentos. Los violines a medio hacer, nuevas formas de existencia, la madera en el suelo y la mano gigante criando al ratoncito. Todos en la taberna cantan bellas estampas. Lazarus, el joven místico ermitaño, o la aburrida sensación de que toda cabaña es un búnker.

15 may 2026

El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery

 El atajo de Montgomery/ El atajo a Montgomery

Muchas palabras me siguen fascinando. Algunas de ellas fueron como cuadernos mágicos: la letra no existía, pero, mediante aquella cosa, mediante aquella palabra, parecía emerger un fluido abecedario, la arquitectura del relato a través de una palabra, o cosas por el estilo: tropo, legajo y, menos, carpetovetónico.

Luego te vas haciendo con frases de la calle o te esfuerzas en la transpiración de las imágenes, como si se tratara de hacer café. Calentarlas. Que vengan de donde tienen que venir.

Un señor extraño —bueno, un extraño observador observa al extraño señor— refiere el uso del lenguaje griego con su muy querido perro. Le habla en griego antiguo. Suponemos que es un profesor jubilado de filología clásica: diccionarios de griego, letras raras, muchas horas estudiando, no sé, hasta llegar a dominarlo. Y el perro, como gran interlocutor, obviamente, por lo de “la secta del perro”, o por creer que la idea del señor que habla a su perro en griego es suficiente para desdibujar el resto: su casa, su tipo de vida, el tipo de matrimonio, el predominio de los muebles en tonos madera clara, el tipo de perro y si va delante mirando a veces al dueño, pensando en cosas leales, la lealtad del profesor, el miedo a primera hora y, sobre todo, a última, no sé, algo de mapas de geografía, el mapa, palabras en griego a su querido perro, es jodidamente fácil saber el resto. Veo las babuchas con claridad, veo los contornos de las sombras, en el espejo, sin sonreír, dos hijos y todo ese rollo, hablarle al perro en griego, comentarlo con amigos, etcétera, o más raro aún, no comentarlo, hacerlo en casa como si fuera la señal inequívoca de su soledad, el señor ese raro, simpático y buen académico que compra buenos embutidos hablándole al perro en puto griego antiguo, él muerto de risa, el perro no tanto. Embutidos: un pequeño homenaje, un gran personaje.

No llegué a soñarlo, pero suelo decir que lo soñé. No sé, la idea de que el flujo del río-imagen, y que nunca leería a Gianni Rodari por lo que supone de asexual en cuanto a la oralidad y la teoría del personaje, del encuentro y todo eso. Vino por una mariposa que me encontré muerta y, como siempre ando pensando en búnkeres versus cabañas, de alguna forma apareció bajo la tutela del apocalipsis como texto utópico.

No sé, la mariposa, o, mejor dicho, millones de mariposas monarca: con ellas estuve estrechamente relacionado de pequeño. Las adoraba, las muy queridas. “Aprende a cogerlas sin hacerles daño”, dijo el amo. No sé, tenía siete años. La virtud de aquel torrente de estelas visuales me llevó a juntar búnkeres, mariposas monarca y el apocalipsis.

La idea-droga era la siguiente; la llamé “Atajo a Montgomery”. Subido —o dentro— de la parte, o sobre el orbe de un acantilado, aparece el saliente de un búnker que parece veteado de oro sobre la extensión rocosa. Llevo años pensando cosas similares, el fugaz momento donde el hormigón es una prueba más de la creencia en la vida después de la muerte, una chapucera idea, pensar en la idea de lo eterno en la roca y producir formas bajo el mismo estilo, la guerra es la excusa, pero son los mismos patrones de las pirámides y sus paridas. Vemos el búnker sobre aquella dorsal oceánica. Vemos un paisanaje. Entonces empiezan a caer monarcas al suelo. El suelo queda repleto de monarcas. La fina niebla las rodea. Te agachas para ver qué es lo que pisas: la hojarasca de las alas. Y decimos que es como bailar tecno en Atenas, sus códigos. No hablo inglés, pero, lo dicho, las mariposas no son el final.

El acantilado está en desuso. La gente vive bien bajo cielos rosas. La noche es anaranjada. Caen todas ellas. El ciclo comienza. El búnker es una veta de otro material, sólido. La noche en Atenas. Creo que la idea de un búnker que nunca fue usado, la idea de un misil bíblico, no sé, en los albores de la tempestad, justo antes de la guerra del champiñón, ver caer miles de monarcas, como hacen los turistas que viajan a México, verlas fornicar y morir, cubrir el suelo del bosque, atestado el follaje, no sé si realmente pueden. El tipo va y le huele el culo a su perro, no es que se deje humillar, no sabe responder a la idea de un ágrafo feliz con seda en el sobaco.

No sé si es buena idea que el personaje sea eso: palabras o imágenes. Dicho de otra forma, un ágrafo feliz.