2 jul. 2010

Nueve segundos y siete milésimas


Ese corazón cuyos latidos se aceleran, y de los miedos que acometen al saltador momentos antes de saltar. La duda no entra dentro de la rutina del saltador, se suele decir.
Esto se asemeja a un león melenudo que no cree posible que le arrebaten su preciado trono. Trono, que él arrebatase matando al gran león Kimbayé.

Oppenheimer observa atento sentado en la grada la terrible firmeza de la saltadora que se enfrenta al vacío con gran vulgaridad.  Son los muchos saltos que ha realizado y la capacidad humana de convertir todo en un proceso sistematizado, frío y carente de frescura, lo que permite acometer saltos difíciles.
El gran éxtasis de la saltadora y una tibieza propia de los primeros saltos le hacen entrar en el agua broncamente. En las gradas la muchedumbre murmura y diserta. Se giran y se acercan unos a otros con rostros sorprendidos para comentar lo mal que lo ha hecho y el porqué de tal desconcentración en medio de un importante campeonato. Es muy probable que ya no pueda optar a clasificarse para los campeonatos nacionales.−Retrocedamos unos segundos; marcha atrás dada para comprender el origen− Gozamos de un plano lateral a larga distancia viendo un conjunto amplio de cosas, macro, la cuidad cubriendo el fondo, la plataforma de salto como epicentro, erguiéndose cerca del cielo o eso nos parece. Cambiamos de plano situando la cámara a los pies de la plataforma, mirando hacia arriba desde donde esta se nos muestra aun más descomunal. El cielo esta límpido a excepción de una nube que pasa justo por encima del trampolín. Ella es yo pero con tetas. La tenemos muy cerca ahora, cabe la posibilidad de detener el tiempo. El don del instante.  De ver como el viento levanta un flequillo y lo posa tiernamente en la frente. Ella levanta la mirada y a sus ojos llega una visión a media conciencia de la estampa de las gradas repletas. Algo la distrae. Es una cabeza calva que brilla con la reflexión de los rayos del sol ¡es un cráneo exquisito! Da unos pasos hacia adelante para situarse en el trampolín, teniendo en su mente la imagen de un cubo en cuyo interior se encuentra el rostro del hombre. De los vértices del cubo emergen proyectadas hacia el infinito unas líneas; puntos de fuga que se acercan al centro de la visión, alejando el cubo y el rostro, haciendo que se vuelvan más y más pequeños. Ejerce una fuerza hacia abajo sobre la tabla blanca cimbreante que le proporcionará impulso al salto. Uno, dos y tres, despega del trampolín. El contraste de temperatura entre el agua y el exterior borra la imagen parcialmente de su cabeza. −Podemos calificar de sonido clarividente aquel que produce nuestra cabeza al golpearse contra el agua y el correspondiente vacío que le precede − Ha sido un salto pésimo y lo sabe, pero por su cabeza solo le pasa la idea de buscar a ese hombre. Lo busca en vano entre el público.  Oppenheimer echa un vistazo a la hora en su reloj de muñeca. − Sin arena de ampolleta − Los segundos, los minutos, las horas, se encuentran parados haciéndonos volver a la justa apreciación de la Duración.   Entroncadas vidas en inadecuados instantes.
John Table
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