6 sept. 2012




A pie de página. Ahora que todos estamos locos, taimados, vuelve a mí. El libro pasa de mano en mano, son muchas manos arropadas por la manga de la chaqueta, desdibujando en colores grises, paulatinamente las manos. Las manos se precipitan y cierran el paso a la vista sin poder saber hacia dónde se dirige el libro. Pasa por manos que pertenecen a un cuerpo que está de pie. Pasan por manos sentadas y por manos lacadas.  Difuso, humo, café en Paris. El libro sigue una secuencia con forma de ocho. Manoseado, olido, prestado, en descredito de comentar lo que uno opina con la idea permanente de conectar con vuestra verdadera filosofía del autor. Un libro escrito. Como sabéis cada mano es única, llena de detalles que la hacen única. Un hombre que piensa en manos es un fallo. Hambre, hombro, hombre.  ¿Dónde está el libro? No ha podido salir pues la puerta se sitúa lejos y cerrada. El camarero llega con el paño doblado en su brazo para limpiar la mesa. Nos pregunta que queremos. Al final del proceso el libro vuelve a la mesa de la que salió transformado en cenicero. Lo cierto es que se fue por la puerta de mano en mano, formalizando muchas cosas. Pero uno no podía saberlo estando sentado entre la muchedumbre, entre las copas y dado que el primer objeto que llego a la mesa después de la salida del libro fue el cenicero no nos quedo otra que asimilar que el libro se había transformado en eso, por voluntad propia a lo largo de un proceso sumarial, dentro de un puto café de imbéciles poetas y un montón de gafas de escritores que narran, que se atreven a narrar sobre el cuerpo-prosopopeyico donde caen las cenizas, abajo la metáfora. 
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