20 may. 2014

Prositus contemplativos, desdén multitudinario, umbral paco.



       Caminamos en círculo en la noche y somos consumidos por el fuego


En un mundo jodido y bastante loco. Uno va caminando por ahí y se inventa una filosofía para cenar. Pero antes de que te des cuenta, el cartero te trae el primer telegrama de que todos tus cerdos se han muerto de rabia, tu frac ha sido arrojado desde la torre Eiffel y tu ama de casa padece cáncer de huesos. Consultas sorprendido el fondo que te parece una buena inversión de capitales, entonces el mismo cartero te trae un telegrama según el cual todas tus gallinas han muerto de fiebre aftosa. Tu padre se cayó en la horca de remover el estiércol muriéndose de frío y tu madre reventó de pena a raíz de sus bodas de plata  ( a lo mejor también se le había enganchado la sartén en las orejas, no lo sé). Esta es la vida, mi estimado amigo. Los días cambian como el movimiento de tus intestinos y tú, que tantas veces corriste el peligro de ahogarte con una espina de pescado, sigues con vida. Te escondes debajo de la colcha y canturreas una canción. Y quién sabe, no cantes victoria antes de hora, quizás el próximo día te vea sentado a la mesa, la pluma dispuesta, inclinada sobre tu nueva novela Chusma. ¡Quién sabe! Esto es el dadaísmo puro, señores míos. Si ese Tristan Tzara hubiera comprendido alguna vez una pizca del sentido que tiene esta famosa existencia que uno lleva a medio camino entre monos y chinches, no habría hecho del dadaísmo un arte abstracto.  Habría entendido la farsa de todo el arte y de todas sus tendencias y se habría convertido en dadaísta. ¿Dondé han dejado su ironía estos señores interesados en figurar en una historia de la literatura?, ¿dónde esta el ojo que medio llora medio sonríe sobre el inmenso trastero y carnaval que es este mundo? Han perdido su autonomía detrás de los libros, la ambición de no ser aún tan famosos como Rabelais o Flaubert les ha quitado el valor de reírse- les queda anto por caminar, tanto por escribir, tanto por vivir. Rimbaud se lanzó al mar para llegar a nado a Sta.Helana. Rimbaud era un tipo cabal, ellos están sentados en los cafés y meditan sobre el camino más rápido para convertirse en un  tipo cabal. Tienen un concepto académico de la vida- todos los literatos son alemanes; por eso nunca llegarán a la vida. Rimbaud, sí comprendió bien que la literatura y el arte son cosas muy sospechosas- lo bien que se vive en cambio como bajá o propietario de un burdel donde el crujir de las camas le canta a uno la canción del aumento de los ingresos.        

 Salir a la calle y disparar se ha convertido en una práctica tan común que ya no podemos imaginar el silencio. Escudados tras maletines y portafolios, siguiendo más el color de la flecha que el concepto, nos creemos en nuestro paseo urbano, como un zapping que siniestramente descubre la misma obnubilación detrás de cada recodo. También nos  creemos inofensivos. Pero aunque no somos responsables de esa proyección de nosotros que poco a poco terminaremos tomando por más real que nuestra propia vivencia (será toda nuestra vivencia), participamos efectivamente como receptores en la formación del modelo. La inocencia que supone toda iluminación es hoy fulminada antes de haber podido ser experimentada. Si convenimos en que la evocación, que no metáfora, con que emprendí este texto, ha de ser comprendida como reprensentación de sí misma y contextuada por tanto dentro de un juego de lenguajes ( para qué ser artistas, si pudiéramos ser asesinos), cada uno de nosotros se halla en este terreno armado hasta los dientes y cada uno de nosotros es extremadamente vulnerable. Las calles de las ciudades modernas, y cualquier cuidad lo es hoy, están llenas de proyecciones del deseo que sólo conservan la estructura ósea del signo: su referencia a otra cosa. La búsqueda de una relación natural con el mundo, no mediada por la coerción del signo, se ha realizado en una relación no mediada con el signo, y en este marco existencial, definido por un rectángulo perfecto, se desarrolla en tres dimensiones la más fabulosa escabechina.

El corpus más abundante de imágenes que pueblan nuestra experiencia, y el que produce ejemplos más impresionantes, no procede de la vida cotidiana, sino de un mundo de ideas no conceptualizadas del que extrae sus motivos la publicidad. Pueden distinguirse dentro del discurso publicitario numerosos recursos, juegos y estrategias que fueron las vanguardias artísticas las primeras en poner en escena. No aludo tan soló a prácticas formales, como el feliz acomodo que el collage y el fotomontaje han encontrado en las marquesinas de los autobuses o la manipulación sistemática  del lenguaje codificado mediante descontextualización y utilización de eslogans. Voy incluso más allá de señalar una suerte de deriva impuesta en la suceción de motivos fragmentarios y en la modificación permanente del decorado urbano que introduce múltibles grietas en la realidad cotidiana: cada día tenemos que buscar el portal de nuestra casa entre imágenes cambiantes, hoy en unos pechos que recuerdo, quizá mañana tras una dentadura perfecta.

Y mi única finalidad al decir lo anterior ha sido incorporar la desesperación humana, sin la cual nada puede abonar aquella fe. Es imposible afirmar la primera y negar la segunda. Quien finja tal fe sin verdaderamente experimentar esta desesperación, no tardará en adquirir, a la vista de los avisados, el perfil del enemigo. Enemigo que habita al salir a la calle con un revólver en cada mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud. Quien nunca en la vida haya sentido ganas de acabar de este modo con el principio de degradación y embrutecimiento existente hoy en día, pertenece claramente a esa multitud y tiene la panza a la altura del disparo.
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