Un día al volver (o ‘AOUUU’)
Un día al volver, puede que los objetos...
Solía comenzar trazando una línea en la mitad del folio: una forma arcaica de cielo y tierra. Todo reside en la idea, Katiusha: encender un fuego, notar cómo la cabaña se calienta. Katiusha, un morador único habita en esta; la intensidad del personaje debe ser blanda, no conclusiva. Para cuando tengamos claras las cosas del eremita-protagonista, la cabaña se va convirtiendo, remodelando —el humo, la neblina-humo, la inhalación y el fuego de la pipa, ascuas narrativas, el humo nuevamente; dejar que el humo sugiera la siguiente continuidad— en una taberna sencilla y pulida de comidas calientes. Es un intento humilde de evitar la cristalización narrativa: continuar hablando al calor del fuego, embriagarse por una historia que pronto, al igual que en el río, flota como una densa neblina. Desde la cocina de la taberna emana una bruma de humo de fogón y magia artúrica.
Irán apareciendo los personajes cual telón, siempre precedidos por un primer plano de un fuego fatuo: el tabaco ardiendo en la colosal pipa que es el mundo, las pausadas respiraciones que encienden las ascuas que alumbran el rostro del anciano. Comensales en una taberna. Normalmente la taberna se muestra jovial y ruin: sonrisas de borrachos apacibles con pocos dientes, de ropas como harapos. Algo de ruido, algo de camaradería. No creo que ni tan siquiera exista el mundo fuera. La taberna es todo. Acá nadie muere, nadie nace. Humo que crea gente, neblina que presenta a los personajes, pipa con tabaco que ilumina un cuarto, una chimenea como una inmensa pipa donde la madera arde con un hermoso tono rojizo.
El humo transporta a un joven músico. Tocará melódicas y tristes canciones; su voz hará a todo el mundo flotar con los más bellos recuerdos. Truco aquel, el de las raíces que penetran la dura tierra y escapan, queriendo escapar del vernáculo fuego del que ustedes, lectores, aún no saben. En una mesa, un hombre agarra con fuerza la madera mientras escucha la música que le evoca el recuerdo de aquel caballo que crió. Él en el centro y el potro dando vueltas, haciendo círculos, habidos los dos en el verano. Al final, él acerca su cuerpo abrazándose al caballo blanco, sintiendo su fuerza; un halo potente de vida une a ambos, el fuego quema la correa.
Puede que la taberna sea un bosque de abedules en un gélido invierno. Digo "puede", pero lo es. Un rayo cae sobre un viejo tronco; este arde poco a poco hasta que el fuego se va extendiendo hacia las raíces. Arde lenta pero irremediablemente. Todo sucede por debajo de la tierra, de raíz en raíz. No se puede apreciar la ardiente ascua; arriba, en la superficie, el blanco invierno gesta hielo. Al rato, todos entonan una conocida melodía y se apodera del espacio una gran camaradería. El marido de la posadera emerge como de la nada y, cual gallo, su pecho se llena de aire y expulsa un chorro vibrante de voz; canta y canta con gran fuerza. Por un momento parece que las paredes ceden, caen como folios y toda la taberna se transforma en una especie de ópera. Un joven rapsoda con un acordeón tocará como si fuera un ángel; un rostro misterioso que hará que aquella noche todos canten sus alegrías y recuerdos. La melancólica noche de los abedules se llama. Toca evocar.
Al borde del contenedor está tirado, sin más. Nadie diría que ese menudo cuadro alberga vida narrativa; la carcoma del marco hizo que lo abandonaran. Un cuadro que representa un bosque de abedules en la dureza del invierno: congelación total. El cuadro no dice nada del fuego producido por el rayo, pero somos capaces de verlo, de enfocarlo, de sentirlo.
El cepillo de carpintero se desliza suavemente en el taller del luthier. Un ratón se lleva las virutas para hacer un cálido nido. El carpintero descubre el nido y ve dos figuras rosas y ciegas que se mueven; oye un ruido detrás de sí y ve, por debajo de la mesa, cómo un ratón pequeño salta y se mueve rápido, nervioso. La madre no volvió debido al miedo. Consigue que uno de los ratones sobreviva gracias a la leche de su perra... y yo sin poder contar la historia de la perra (quiero decir que ya la sabéis).
Quizás sea uno de los mejores momentos. Los violines a medio hacer, nuevas formas de existencia, la madera en el suelo y la mano gigante criando al ratoncito. Todos en la taberna cantan bellas estampas. Lazarus, el joven místico ermitaño, o la aburrida sensación de que toda cabaña es un búnker.
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