20 may. 2009

Cuasicristalina




















  Desierto. El café da fe. La casa es redonda con el techo de madera, si lo ves desde dentro es como el esqueleto de una ballena. Tiene tejas largas como uñas de porcelana y en el centro hay un tragaluz con una pequeña entrada que crece hacia dentro. La casa está en medio de un valle. El salón es amplio, el suelo es de mármol blanco y la casa entera es el salón que como único soporte tiene seis columnas desnudas en roca roja. Las paredes son unos enormes ventanales, en el centro de la habitación hay una mesa de madera maciza y una silla del mismo material; es clásica y con formas orgánicas, digamos que está bien doblada. En la silla hay un hombre que viste ropajes de seda blanca, no tiene barba pues no le crece, toma café en una taza sin hazas y remueve el contenido con una cuchara de oro puro. En el centro de la mesa un pequeño círculo, del que sale una línea en ambas direcciones. Bajan por las patas una a cada lado, son de oro incrustado con un centímetro de ancho. Las líneas siguen su camino por el suelo en direcciones opuestas, ambas seden y al final converge, pero de pronto se separan, les gusta está travesura, juegan a disponer formas con simetría decagonal perfecta. Al final y un poco antes del crepúsculo salen por la puerta unidas en una misma línea un tanto más gorda. Como una veta tocan la tierra y se pierden en el subsuelo. La taza está vacía y el café en el estomago reposa. El sol cae. Llega la noche y antes que la Luna se vea, el suelo desprende un poco de luz. El firmamento también tiene luz propia y en él se marcan miles de puntos de colores azules, amarillos y algunos rojos. Destellos de las galaxias. La Luna sale, si te acercas a las ventanas y te sientas en el suelo frio, la veras enorme y unas delicadas cuerdas sonaran pasando cerca, por detrás de los sueños. Sin que se vea hay un fino colchón que se esconde con unas cuerdas por debajo de la mesa. Lo abres y te dispones a dormir, todo es extraño y quieres volver a tu casa.
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