31 may. 2009

Maurice Maeterlinck













La vida de las hormigas. Es interesante
comprobar, de paso , que las tres especies de insectos cuya civilización está muy por encima de la de todos los demás poseen un órgano colectivo o social que, si no es idéntico en unos que en otros, desempeña funciones análogas. Por regurgitación, en este caso estomacal, nutren las abejas a sus ninfas y a sus reinas. La miel de la colmena no es más que un néctar colectivo regurgitado. Entre los termes, el órgano altruista es un a veces el estómago y con más frecuencia el vientre. ¿Existe alguna relación entre el altruismo más o menos completo de aquel órgano y el grado de civilización de las tres especies? Lo ignoro; pero, si hubiera que compararlas entre sí, pondría en primer término a las hormigas, luego a los termes y el último, a pesar del prestigio de su vida brillante, de la maravilla de sus construcciones, de su cera y de su miel, a nuestra abeja doméstica. Supongamos por un momento que poseemos un órgano parecido. ¿Cómo sería una Humanidad que no tuviese otra preocupación, otro ideal, otra razón de su existencia que la donación de sí misma y la felicidad ajena; una humanidad en la cual trabajar para el prójimo, sacrificarse total y constantemente, fuera la única alegría posible, la felicidad fundamental, en una palabra: la voluptuosidad suprema, de la cual sólo percibimos un fugitivo relámpago en brazos del amor? Por desgracia, estamos constituidos de tal manera que la realidad es todo lo contrario. El hombre es el único animal social que no posee ningún órgano social. ¿Es acaso esta razón la que le impide ser otra cosa que un socialista o un comunista precario y artificial? Sólo podemos subsistir viviendo concéntricamente, al paso que las hormigas son centrífugas por naturaleza. Sus ejes no giran en el mismo sentido. En nosotros es todo necesariamente, orgánicamente, fatalmente egoísta. Al dar nos excedemos de nuestras leyes vitales, nos hacemos traición, con esfuerzo que nos hace faltar a la regla y que calificamos de acto virtuoso. En aquellas especies ocurre lo contrario: al sacrificarse, al prodigarse, siguen su natural inclinación, y, al negarse, se violentan y transgreden su instintivo altruismo. También poseemos en el espíritu y, a veces, en el corazón; pero como no es físico carece de eficacia. ¿Acabarán la función, la insistencia moral y espiritual por crear el órgano material, como creen los transformistas? No es imposible. En la naturaleza, con la complicidad de los siglos o de los milenios, se puede adivinar prodigios que no atrevemos a esperar. Sin embargo, hay que reconocer que el prodigio parece ahora menos inminente que otras veces, y ya bastantes épocas han sido más generosas que la nuestra. Las religiones eran como el cebo o el boceto de un órgano altruista y colectivo que nos ofrecía en otro mundo las voluptuosidades que las hormigas, al entregarse, desfrutan en éste. Vamos extirpándolos; sólo nos queda el órgano egoísta e individual de la inteligencia, que tal vez algún día se supere y rompa el círculo que la encierra, ¡pero sabe dios cuándo será eso! Por último, no perdamos de vista que, aun entre las hormigas, esa caridad universal, esa perpetua comunión, no excluyen las guerras. Cierto es que cada vez son menos frecuentes y crueles de lo que cree el vulgo.
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