31 mar. 2009

Puté

“París es una enorme prostituta”. Llamada de Jonathan, de vuelta a Alemania. Estuvo de visita en el país de los franchutes durante cinco días. Cinco días entre pensiones y casas ajenas. “Es enorme, demasiado grande, casi enfermizo, enfermizo, de hecho...Por momentos pensaba: sin duda, éste es mi sitio. Pero un segundo más tarde, no sé, sucedía algo, cualquier cosa, pudiera ser que fuera a dar con los Campos Elíseos, veinticinco mil personas, de golpe toda una jodida jungla, conmigo allí, y mi idea inicial cambiaba en ese mismo instante, entendía que aquél no podía ser lugar para mí”. Dos noches de prestado, otra en un hotel, la última se decide a pasarla en vela, probando a hacerse un hueco en la noche parisién. Después el tren. Tiempo para dormir, apenas cuatro horas en seis de trayecto. La ida fue peor: los detuvieron en la frontera entre Alemania y Francia (Stransburgo), en no sé qué ciudad: al parecer había que aclarar a qué clase iban a trasladar a los pasajeros, pues lo que en Alemania es “primera”, en Francia apenas sí alcanza a ser “segunda”, y por supuesto no va a permitirse que se produzcan confusiones a ese respecto: miserables desclasados compartiendo asiento con la élite...Y así se fueron dos horas, en trámite. “París mata al individuo, lo pierde, lo reduce a nada, o aún menos que eso. Cuando te das cuenta, cuando lo entiendes, comprendes mejor a toda esa gente, sus prisas, su aspecto de estar sin rozar apenas la vida, sin hacerse notar: ésa es la impresión. Una impresión errónea, probablemente. Tal vez no haya nada de eso. Lo compruebas cuando te detienes a hablar con el individuo único, aislado. Es sólo lo que París hace de la persona: un cero. La anula, la devora, la silencia...Luego no queda nada, apenas sombras”. Jonathan monologa, no le interrumpo, quiero escuchar, es su momento, indudablemente mi silencio lo enardece, le da alas, lo transforma...”La penúltima noche volví a conseguir alojamiento gratuito. Y te juro que ya no sabía sonreír, había olvidado la gratitud, apenas sí acerté a fingir sorpresa cuando me ofrecieron la habitación...sentía, sencillamente, que aquello era lo que tenía que ser, debían invitarme, ¿entiendes? por ser yo. Sé que es una locura, pero así lo sentí entonces. Habían sido tres días de repetirme a mí mismo, de reinventar un único discurso hasta la saciedad, a esas alturas las palabras salían solas: “messie, madame, ¿podría indicarme...?” ¡Al diablo la visita turística! Tenía que camelármelos, debía hacerlo, se trataba de dormir por cuarenta y ocho euros la noche o hacerlo gratis. Y cuando estás así, créeme, cuando estás solo, más solo de lo que recuerdas haber estado en mucho tiempo, sin más que tu mochila y la bolsa con las mudas de ropa cruzadas sobre el pecho, en un caso así, digo, cada céntimo cuenta. Y volví a conseguirlo, lo hice de nuevo. Debía tener la suerte de cara entonces, y tal vez aún la siga teniendo. No he hecho sino volver de París y en cuanto recuerdo estas cosas me tienta la idea de regresar allí sobre la marcha, de probarme a mí mismo, encuentro el desafío: “Jonathan, a ver cuánto aguantas en estas calles, entre esta gente, más tiempo, dos semanas, tres, más, más...” Le pregunto si visitó la Place Clichy, Villa Borghese, etc, por Miller...”No sé, tal vez pasara por allí en algún momento. Llegué a encontrarme perdido en más de una ocasión. Imagina la impresión que causa subir a un promontorio con la idea de oxigenar la vista y descubrir París como un horizonte interminable de cemento y tejas, casas y más casas, las unas sobre las otras...No hay nada más allá, sólo París. Indudablemente es gigantesca. New York, Tokio, Madrid...y París.” Me interesa saber si, en definitiva, ha entendido, descubierto o comprendido algo que no estuviese a su alcance aquí mismo. En este caso tarda tal vez un segundo más en contestar, pero al momento suelta: “No. La verdad es que no. Mmm, realmente no hay nada trascendental por descubrir bajo el Arco Del Triunfo. No en cuanto al sentido con que utilizas en este caso la palabra “entender”. Definitivamente no.”
Carlos Bonino.
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